La instrumentalización de la migración se haconvertido en una de las herramientas más visibles de la estrategia de presión de Marruecos sobre España y la Unión Europea. No se trata únicamente de una cuestión humanitaria o fronteriza. Cuando los flujos migratorios se abren y se cierran en función del calendario diplomático, pasan a formar parte de una política de coerción entre Estados.
El precedente más evidente fue la crisis de Ceuta
de mayo de 2021. En apenas unas horas, más de 10.000 personas entraron en
territorio español después de que las autoridades marroquíes relajaran
deliberadamente el control de la frontera. La operación coincidió con el
enfrentamiento diplomático provocado por la hospitalización en España de Brahim
Ghali, secretario general del Frente Polisario.
El mensaje enviado por Rabat resultaba difícil de
ignorar: Marruecos estaba dispuesto a utilizar el control de los movimientos
migratorios como instrumento de represalia política.
Desde entonces, esta capacidad se ha convertido
en una palanca permanente de presión sobre Madrid y Bruselas. Marruecos sabe
que la estabilidad de las fronteras exteriores de la Unión Europea depende, en
buena medida, de su cooperación. También sabe que cualquier crisis migratoria
en Ceuta, Melilla o las islas Canarias provoca una respuesta política,
mediática y social inmediata en España.
Un nuevo
episodio en julio de 2026
En julio de 2026, las fronteras de Ceuta y
Melilla volvieron a quedar sometidas a una presión extraordinaria. Según
fuentes policiales, más de 40.000 personas habrían intentado cruzar después de
que una sentencia del Tribunal Supremo español limitara la aplicación de las
denominadas «expulsiones en caliente».
El fallo judicial pudo actuar como incentivo
inmediato, al extenderse la percepción de que quienes consiguieran superar la
frontera tendrían más posibilidades de permanecer en territorio español. Sin
embargo, una movilización de semejante magnitud difícilmente puede explicarse
únicamente por una resolución judicial.
El episodio coincidió, además, con dos
acontecimientos políticos especialmente significativos: la visita del
presidente del Gobierno español a Argelia y la celebración de la Fiesta del
Trono en Marruecos.
Argelia es el principal rival regional de Rabat y
el gran apoyo diplomático y material del Frente Polisario. Cualquier
acercamiento entre Madrid y Argel es observado con desconfianza por Marruecos,
especialmente desde que España modificó en 2022 su posición tradicional sobre
el Sáhara Occidental para respaldar el plan de autonomía marroquí.
La coincidencia con la Fiesta del Trono tampoco
debe considerarse un detalle menor. Esta celebración constituye uno de los
principales actos de exaltación de la monarquía alauí y un momento
especialmente relevante para la política interna y exterior marroquí.
¿Migración
espontánea o presión organizada?
Resulta difícil demostrar públicamente hasta qué
punto una crisis fronteriza ha sido organizada, permitida o simplemente
tolerada por las autoridades marroquíes. La propia naturaleza de esta
estrategia ofrece a Rabat un amplio margen de negación.
Marruecos puede afirmar que se enfrenta a una
presión migratoria imposible de controlar, mientras que España carece de
pruebas directas para acusar formalmente al país vecino de haber provocado la
crisis. Esa ambigüedad constituye precisamente una de las principales ventajas
de la guerra híbrida.
No es necesario ordenar abiertamente un asalto a
la frontera. Puede bastar con reducir la vigilancia, retirar temporalmente
determinadas unidades, permitir la difusión de rumores en redes sociales o no
intervenir ante la concentración de miles de personas.
La migración se convierte así en un arma
especialmente eficaz: genera tensión social, desborda los dispositivos de
acogida, divide a la opinión pública y obliga al Gobierno español a negociar
desde una posición de debilidad.
Una frontera
sometida a presión permanente
Ceuta y Melilla no son únicamente dos ciudades
españolas situadas en el norte de África. También representan la frontera
terrestre entre la Unión Europea y el continente africano. Su estabilidad
depende de un equilibrio extremadamente frágil entre seguridad, cooperación
policial, diplomacia y control migratorio.
Cada vez que Marruecos reduce su colaboración, la
presión sobre las ciudades autónomas aumenta de manera inmediata. España queda
así atrapada en una relación de dependencia: necesita la cooperación marroquí
para controlar la frontera, pero esa misma necesidad concede a Rabat una
poderosa capacidad de influencia.
Por tanto, los acontecimientos de julio de 2026
no deberían analizarse como un episodio aislado. Forman parte de una estrategia
más amplia en la que la migración, la reivindicación territorial, la
cooperación antiterrorista y las relaciones económicas se utilizan como
instrumentos de negociación y presión.
Puede hablarse de casualidad una vez. Cuando las
crisis migratorias coinciden repetidamente con enfrentamientos diplomáticos,
decisiones judiciales o aproximaciones españolas a Argelia, la explicación de
la espontaneidad comienza a resultar insuficiente.
La cuestión ya no es solamente cómo detener un
salto masivo de la frontera. La verdadera pregunta es cómo puede España
proteger su soberanía y su capacidad de decisión cuando el control migratorio
depende, en buena medida, de la voluntad política de Marruecos.
Para profundizar en esta cuestión, podéis leer mi libro Un Mundo
Convulso. Claves geopolíticas, donde dedico un capítulo al fenómeno
migratorio y a su utilización como instrumento de presión política y arma de
guerra híbrida en las relaciones internacionales.

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