En la madrugada, a lo largo del curso del río Dniéper, del Bug Meridional o del Desna, una escena se repite de forma metódica en el teatro de operaciones ucraniano: a apenas quince o veinte metros sobre la superficie del agua, un misil de crucero ruso Kh-101 o un dron de ataque Shahed-136 avanza serpenteando a gran velocidad, encajonado entre dos márgenes fluviales. Esta maniobra no responde a una coincidencia geográfica ni a un error en el software de navegación inercial. En un espacio aéreo saturado por la densidad de sensores de detección de la OTAN y de las defensas antiaéreas ucranianas, las cuencas fluviales se han transformado en auténticas arterias de infiltración invisible. La elección de los ríos como pasillo preferente de vuelo obedece a razones tácticas, físicas y electromagnéticas muy concretas. Entender este fenómeno exige analizar el comportamiento del radar, la aerodinámica del vuelo rasante y la guerra electrónica que libra la aviación no tripulada. 1. ...
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